Crónica 7 – Julio 10/17

Ha pasado mucho tiempo desde la última crónica. Superé las quimioterapias hace dos meses, pensé que ya esto era cuento del pasado y aquí me tienen pensándolas, porque desarrollé uno de esos efectos secundarios que dan pasadas las 6 semanas.

Es irónico que después de pasar por tanto, esto haya sido lo que más me afectó emocionalmente durante todo el tratamiento. Pero ¿qué puedo hacer?

P-A-C-I-E-N-C-I-A

 

El 5 de mayo terminé los 6 ciclos de quimioterapia. Entre ciclo y ciclo me di mis voladitas energéticas; hice un viaje familiar en el que me esforcé más de la cuenta por querer explorar al ritmo de los demás cada rincón de la ciudad. Me subió fiebre en dos ocasiones, pero nada que una ducha, una sopita, un acetaminofen y una buena dormida no calmaran.

También tuve un reencuentro de 1 semana con el amor de mi vida, donde fue difícil vencer la vanidad y sentirme 100% cómoda con mi cabeza pelada. No es lo mismo hacer esa transición con tus sobrinos que no hablan a que la persona que te considera hermosa te vuelva a ver después de 3 meses con un look totalmente diferente… Al final, nada que el amor (y la cursilería) no pudiera vencer.

Pero, aun así, decir adiós nuca ha sido mi fuerte, soy una chilletas consagrada y ese sentimiento se me acumula en el estómago y me enferma. Me dan ganas de vomitar, me pongo transcendental y empiezo a fantasear. Soy una completa fatalista! Hasta allí me llega toda la fortaleza que mantengo. Normalmente salgo sola de ese hoyo oscuro y no me toma más de un par de horas, así que cuando tomé el avión de regreso a Colombia, venía destrozada. Otra vez todos los miedos y las preguntas que pensé haber superado, volvieron a aparecer. Hice escala en Ciudad de México y decidí pasar esas horas en un cuarto de hotel; durmiendo, y así evitar tener que pensar.

Después de dormir por muchas horas, llorar y patalear, tomé un larguísimo baño caliente y después de meditar, me pregunté ¿qué podría hacerme sentir bien, segura de nuevo, optimista, feliz? Lastimosamente la única respuesta que me daba a mí misma era algo imposible. Yo pedía que alguien con toda la seguridad del mundo me dijera que todo iba a estar bien, pero entendía que los médicos no podían hacer semejante afirmación, que no sigo a la brujería y que a mi mamá no le iba a creer.

Entendí que esa afirmación tenía que salir de mi misma, me sumergí por última vez en esa tina y respiré con toda mi fuerza para dejar toda esa mala vibra en el agua. Me sentía mejor, no perfectamente, pero mucho mejor, así que me quité las ojeras, me puse mi pañoleta chic, me puse labial y regresé al aeropuerto.

Estaba a punto de abordar cuando recordé que no había enviado un mensaje a mi familia para reportarme, así que abandoné la fila y fui a ese único lugar donde me cogía el internet del aeropuerto. Estaba concentrada en mi teléfono cuando sentí que alguien tocó mi hombro.

Fue una gran sorpresa para mi encontrarme en el aeropuerto de Ciudad de México con….. ¿quién era ese chico? Yo sabía que lo conocía, era de… ¿Tuluá? Era ¿Álvaro Chaves? No…. Este estaba como más lindo. Yo estaba segura de conocerlo, tenía el síndrome de la punta de la lengua. Yo no podía quitar mi sonrisa, no entendía el man por qué no me hablaba, me seguía mirando y no quitaba su mano de mi hombro. Finalmente me rendí y le dije entre risas “¿Hola?” y el man con su mirada penetrante y esa seguridad en su voz solo me dijo mientras me apretaba una vez más mi hombro “Vas a estar bien, pero tienes que tener fe” y sin más ni más se fue en la dirección opuesta. Yo quedé en shock, eso me parecía de novela barata, de esa serie que me veía cuando estaba pequeña “el toque de un ángel”, YO no iba a creer que era un ángel, un enviado de Dios, YO creo en el Dios de Einstein y Spinoza. Pero entonces ¿por qué me sentía tan bien?

Regresé a la fila de abordaje y no pude contener mis lágrimas. Sea lo que haya sido, este chico vino a decirme lo que yo necesitaba escuchar en ese momento y con eso me quedé. Sus palabras me sirvieron para volver a tener confianza en mi cuerpo, en mi proceso de sanación y en volver a estar optimista de que todo va a salir bien.

Desde ese día no me he vuelto a sentir negativa y hoy que estoy a la espera del resultado de mi resonancia magnética de control (mañana me los entregan), no permito que el temor se apodere de mí. Me da un poco de nervios porque es como recibir la nota final, pero mi instinto me indica que todo estará bien.

Mañana también tengo la última dosis de radioterapia. Mi tratamiento inicial no incluía este tratamiento, pero después de consultar varios doctores en Alemania y UK, coincidieron en que debido a que la primera cirugía NO fue oncológica, era mejor no correr riesgos pélvicos.

Me enviaron 23 sesiones externas y 3 internas. Supuestamente, mi tratamiento era muy suave, tanto que no era necesario aplicar cremas especiales. Pues suave y todo, la radioterapia quemó toda la piel de la zona del pañal. Ahora entiendo perfectamente a los bebés y los compadezco. Sufrí mucho esos días, pero encontré la mejor cura a manos de sábila, acetato de aluminio y sulfaplata. En un par de días ya estaba como nueva y lista para enfrentar un nuevo efecto secundario causado por la quimiterapia 2 meses después de terminarla.

Empezó con enrojecimiento de palmas de manos y plantas de los pies, para convertirse en una piquiña insoportable hasta que se empezaron a descamar. Esa primera capa de piel empezó a desprenderse como si hubiera metido mis extremidades en un tarro de colbón; ¡se llama síndrome guante-calcetín y es desesperante!

Algunas personas me preguntan qué es mejor, la quimioterapia o la radioterapia. Mi respuesta es que ambas son una mierda y no tiene sentido elegir entre un sicario y un francotirador.

Yo las he sabido llevar a las dos, no por elección sino por deber. Alguien me dijo que en este tipo de situaciones lo mejor que se puede hacer es no tomar decisiones, solo hacer lo que se tiene que hacer, porque si yo hubiera podido elegir algo, hubiera elegido no tener cáncer.

 

Hoy los agradecimientos son para los técnicos y enfermeras de la Clínica Astorga y Clinac en Medellín. Todos con un don de gentes que le ayudan a uno a sobrellevar los tratamientos de la mejor forma posible (nada que ver con la medicina en Tuluá, esto es un post que estoy debiendo)

También a mi Radiólogo, el Dr. David Gómez y a mi Oncólogo el Dr. Mauricio Lema por toda la paciencia que me tienen y porque siempre me corren con mis horarios estrictos y cambios logísticos.

6 thoughts on “Crónica 7 – Julio 10/17”

  1. TODO VA A ESTARBIEN!!! me hiciste encharcar ojo, aunque bien sabes que tambien me pasa con bastante facilidad… Me encanto compartir contigo y espero volver a verte pronto. Un abrazo y te deseo lo mejor del mundo para continuar con tu exitosa recuperación. Te quiero

  2. Quién te dijo lo de las decisiones?
    Muy sabio el consejo!
    Mis elecciones habrían sido las mismas tuyas. Miro con nostalgia los días en los que este monstrico no era parte se nuestras vidas y nuestros pánicos eran otros. Pero bueno, tú has sabido llevar este proceso con la sabiduría de quién se conoce y se sabe ganador. Y yo lo sé y lo comparto.

    Te amo profundamente y ya empiezo a extrañarte en casa, aunque al mismo tiempo soy feliz de saber que regresas a tu vida. Qué paradojas las nuestras.

    Miau

  3. Tantas personas al unísono sintiendo y percibiendo que “todo va a estar bien” tienen que generar algo en la realidad del universo. Te quiero Di.

  4. Eres una sobreviviente de esta terrible enfermedad gracias a tu fortaleza y deseos de vivir. Te admiro mucho quien me iba a decir que esa chiquita que conoci hace muchos anos seria capaz de vencerlo.
    Ruego a Dios que te conceda la oportunidad de ser feliz junto a los tuyos y que esta segunda oportunidad que te ha dado sirva de luz a otros y la sepas aprovechar. Un abrazo.

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